Tanto en la Isla del Sol como en la Isla de la Luna hay ruinas incas a las que se accede siguiendo unos maravillosos senderos que atraviesan las islas y pasan por pueblos tradicionales.
La Isla del Sol tiene unas playas arenosas magníficas y un agua helada. Los pueblos más grandes son los de Yumani, al sur, y Ch´allapampa, al norte.
Bajando la calle que lleva al puerto, donde agarraremos el barco, nos encontramos con Tom algo triste (el australiano con el que salimos de fiesta en La Paz), habían discutido con Angie y se habían separado por un tiempo. Lo acogimos y partimos hacia la Isla.
Esa noche será larga y profunda. Acompañados por una botella de whisky y Coca-Cola conversamos con Tom sobre su situación y acerca de la vida en un inglés torpe pero algo mejorado.
Tom se marcha temprano y nosotros decidimos cruzar la isla para llegar al sur. Nos han hablado de una calita poco visitada por los turistas por su difícil acceso, allá vamos.
Por fin se divisa la cala donde vamos, donde se encuentra el hospedaje del señor D. Tomas. Por un momento dudamos en bajar el duro sendero (porque ya saben, todo lo que sube baja…) pero nos sentíamos valientes y después de almorzar otra trucha fresca mirando el sagrado lago nos animamos.
El lugar no tiene ni agua corriente y ni luz, la cocina es de leña y el baño impracticable, pero es muy lindo y tranquilo. Acomodamos nuestras cosas y nos tomamos una cerveza casi-fría en la playa, charlando con una inglesa. Los niños corrían por la orilla arrastrando sus barcos improvisados con botellas y un hilo. Por la playa también cruzaron asnos y llamas y ovejas.
Cuando volvemos al hospedaje había un grupo de argentinos con sus tiendas de campaña. Los chicos habían subido a por comida y las chicas intentaban hacer una hoguera. Me uno a ellas para conseguirlo (nosotras también podemos! jeje) Tomamos unos mates y esperamos a que los chicos vuelvan con la comida…cuando llegan ya es noche cerrada. Unimos provisiones y cenamos una pasta reblandecida con verduras que nos sienta genial!
Esa noche el grupo creció bastante, unimos varios tablones de madera y toda la comida y nos dimos un festín bajo las estrellas.
A las 7.00 h del día siguiente Don Tomás nos dijo que nos apuráramos, que su hijo regresaba a Copacabana en bote y podía llevarnos. Nos metimos un trozo de pan con mermelada a la boca y un sorbo de mate de coca y casi sin tiempo de despedirnos subimos al bote que lentamente se aproximaba a la costa de Copa. Mirando lo que dejábamos atrás descubrimos un remolino de agua que cruzaba el horizonte de forma ascendente. Ese mismo día, a las 13.30 dejamos atrás Bolivia y nos aventuramos en Perú. El Lago sagrado nos ha dejado rastro, un sentimiento me embarga, melancolía? No sé, pero tengo ganas de llorar sin un motivo aparente.
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